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Apuntes sobre el racismo antimoro y la islamofobia (Parte I)

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Por Fátima Tahiri Simouh y Youssef M. Ouled 

En el barrio, en el transporte público, en el colegio, en el instituto, en la universidad, en el trabajo, en las administraciones públicas, en el supermercado o en los medios de comunicación, todos/as hemos escuchado la palabra con la que nos han definido tanto la sociedad como la historia: moro/a. Pero ¿qué es ser moro? ¿somos moros? ¿y por qué? Preguntas que muchos/as de nosotros/as puede que nos hayamos hecho a lo largo de nuestra vida. Preguntas a las que iremos respondiendo poco a poco en este espacio. Por ahora, comencemos con unas pinceladas generales sobre el origen y la naturaleza de esta categoría racial construida por el racismo.

 Más allá de la rabia que ha podido causar en cada uno/a de nosotros/as este término. La palabra moro/a fija determinadas formas de ser y estar en el mundo donde “lo moro”, no sólo ha ocupado el espacio de “la otredad”, sino que en la gran mayoría de los casos ha sido la categoría con la que se ha definido al enemigo. Si en el mundo anglosajón esta figura ha sido abordada con cierto orientalismo donde prevalecía la fascinación, la sexualización y el deseo a ese “otro/a” musulmán, en España no se le desea, sino que se le combate. La definición de “moro” viene acompañada de un imaginario social e histórico de largo recorrido. Lo que empezó siendo una forma de hacer referencia a los musulmanes que se encontraban en la península o a aquellas personas originarias de la provincia romana de Mauritania Tingitana, se radicalizó en el período nombrado como la “Reconquista”, donde pasó a ser una manera despectiva de describir a toda persona musulmana o con apariencia de ello. Dando inicio así a un proceso de deshumanización que legitimaría su encarcelamiento, expulsión y aniquilación.

Un proceso de construcción del “Otro” desgranado por varios investigadores, que detallan una extensa lista de descripciones que definen a la otredad fundamentalmente como enemigo, pero también como a un sujeto irracional, perverso y de sexualidad desenfrenada, un morisco desleal, un otomano vicioso, un incivilizado, sucio, violento, sirviente e incluso, aliado del franquismo. Prevaleciendo la figura del delincuente a finales del siglo XX y finalmente, la del terrorista a comienzos del siglo XXI (Martín Corrales, 2002; Stallaert, 1998; Mateo, 1997 y Moreras, 2005).

El discurso antimoro ha venido marcado por la influencia de la retórica de la iglesia católica entre los siglos XII y XVIII donde el moro musulmán era representado como el enemigo teológico del cristianismo. Un ser incivilizado y salvaje que se guía por una religión inferior, violenta e inmoral. Por lo tanto, inferior, violento e inmoral era también quien la profesaba. Un relato que perdura en el tiempo con diferentes locutores y diferentes bases como la retórica construida sobre la modernidad, la democracia y la secularización en Occidente. Como ya dijo Malcolm X en una de sus entrevistas “los blancos hablan de los musulmanes como sinónimo de violencia”.

“La islamofobia es uno de los dispositivos actuales para gobernar a los musulmanes”, dice Salman Sayyid. Y, en España, lo musulmán está interesadamente vinculado a lo moro. Por ello, usar esta categoría nos permite situar histórica y políticamente el racismo antimoro, como bien señalan Salma Amazian y Ainhoa Nadia en La radicalización del racismo. Islamofobia de Estado y prevención antiterrorista (2019, Cambalache). Se establece la religión como marcador racial, el islam, la religión de los no blancos, obviando toda la diversidad de naciones y pueblos que la profesan y negando la capacidad de acción de cada persona. No existimos como individuos, se nos construye como masa homogénea a la que criminalizar.

Esta construcción histórica que dura hasta nuestros días, ha quedado solidificada en el imaginario colectivo, al tiempo que ha posibilitado un racismo antimoro e islamofobia con diferentes expresiones, pero que tienen al poder y a sus instituciones como productores y reproductores del mismo: redadas por perfilamiento racial, privación de libertad en los Centros de Internamiento de Extranjeros y Centros de Menores (donde con frecuencia se da humillación, privaciones y malos tratos, también muertes), expulsiones forzadas del país, explotación en los campos agrícolas y en trabajos de hogar y cuidados (donde además, nuestras hermanas hacen frente a abusos sexuales), quitas de custodia bajo criterios raciales, segregación residencial, brutalidad policial, criminalización mediática, estigmatización y control del alumnado musulmán en las aulas (a través de programadas como el PRODERAI, que señalan a la poblaciones musulmanas como potenciales terroristas a las que vigilar y controlar)… En definitiva, un racismo cada vez más radicalizado, que, además, se ve legitimado por la normalización discursiva alcanzada por el auge de una ultraderecha que ha visto en este, el abono en el que emerger sano y vigoroso.

Nuestra fuerza reside en la belleza de nuestros nombres, de nuestros cuerpos, de nuestros saberes ancestrales, de nuestras espiritualidades, más allá de unas identidades resquebrajadas por unos procesos de integración impuestos que pretenden nuestra desmovilización.

Confrontar el racismo antimoro y la islamofobia pasa por tomar conciencia de nuestro lugar en el mundo, de nuestra fuerza como comunidad, diversa y heterogénea, sin dejar de mirar a nuestras comunidades racializadas hermanas. Nuestra fuerza reside en la belleza de nuestros nombres, de nuestros cuerpos, de nuestros saberes ancestrales, de nuestras espiritualidades, más allá de unas identidades resquebrajadas por unos procesos de integración impuestos que pretenden nuestra desmovilización, asimilación y por último, nuestro sometimiento a un sistema capitalista y racial que solo nos concibe si somos funcionales para el mismo, en los términos en los que quiere que lo seamos.

Debemos aspirar a la creación de una autonomía política en el antirracismo que bebe de la lucha de nuestros padres y madres, quienes antes que nosotros, enfrentaron el racismo en una época en la que nadie hablaba de ello, con el fin de poder dar a sus hijos e hijas las herramientas que ellos y ellas no tuvieron. Un antirracismo que bebe de la lucha anticolonial de nuestros antepasados. Es hora de que hagamos una oposición conjunta a un problema que condiciona nuestra forma de ser y existir, que socava nuestros derechos y nos niega la vida. 

Pongámonos a ello porque ya no somos los/as moros/as que crearon, ahora somos los/as moros/as que queremos ser.

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