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Los musulmanes conversos blancos como puente hacia el asimilacionismo

Antes de empezar, debo confesar lo siguiente: soy una musulmana blanca. Por lo tanto, desde mi posición, hablar de los musulmanes conversos blancos como facilitadores de las políticas integracionistas es un campo minado. Somos la metáfora personificada de cómo las lecturas interseccionales son inoperantes al ocultar nuestra responsabilidad y complicidad con la supremacía blanca. El simple hecho de haber abrazado el islam no nos hace romper el pacto racial que nos une a la blanquitud. Su influencia no se detiene a las puertas de una mezquita, ni frente a un “exterior” imaginario respecto a la comunidad musulmana, sino que se siguen reproduciendo los mecanismos de jerarquización racial.

Llevo años reflexionando sobre nuestra condición de musulmanes blancos dentro de una comunidad no blanca, en una sociedad blanca. Hoy en día, lo único audible en el espacio público son conceptos sumamente problemáticos como “transraciales”, “traidores”, “quintacolumnistas”, “víctimas del racismo a la inversa” o “musulmanes auténticos”, que, en todo caso, no hacen más que reforzar las lógicas raciales.

La sociología al servicio de las políticas integracionistas

La literatura sociológica estudia la racialización de los musulmanes, a nivel macro, a través de las instituciones, la legislación y las políticas, las estructuras sociales y los discursos nacionales y, a nivel micro, investiga los motivos por los que los musulmanes blancos nos hemos convertido al islam, para hurgar sobre nuestro grado de sinceridad, con un evidente poso orientalista. Más recientemente, se ha interesado por las transformaciones que vivimos en nuestra posición racial (Anna Piela, Leon Moosavi, Juliette Galonnier). Los estudios se centran principalmente en Estados Unidos, Francia, Australia, Inglaterra y Polonia y, en España, cabe destacar las publicaciones de Itzea Goikolea sobre mujeres conversas (2014 y 2020), aunque esta última indaga únicamente sobre los motivos de la conversión.

En general, abordan el proceso de conversión desde un enfoque identitario. Se preguntan sobre lo que es “ser blanco”, sobre si las fronteras de la blanquitud son porosas o no. Para ello, llevan a cabo entrevistas cualitativas para saber cómo vivimos nuestra nueva “identidad” y si es pertinente afirmar que, dentro de las comunidades musulmanas, puede haber racismo contra nosotros. El problema de este tipo de planteamientos es que no profundizan en las causas estructurales que posibilitan la expresión de ciertas muestras de rechazo y desconfianza a nivel interpersonal, que no son más que el reflejo de las lógicas raciales de la blanquitud. En ninguno de ellos se aborda la no inclusividad de las comunidades compuestas exclusivamente por musulmanes conversos blancos ni, por lo tanto, qué nos revela este tipo de composición sobre la continuidad de esas mismas lógicas.

El impacto de estos estudios va más allá de unos simples debates teóricos entre académicos, ya que acaban monopolizando el pensamiento, lo que les otorga plenos poderes al servicio de las políticas públicas integracionistas, de la gestión y normalización del islam y el consiguiente control de los musulmanes, del que los propios musulmanes conversos blancos somos fervientes defensores.

Los musulmanes conversos blancos, facilitadores de la integración

La mayoría de los musulmanes conversos blancos eludimos posicionarnos en los debates políticos sobre el racismo y la supremacía blanca, más allá de denunciar que, efectivamente, a nivel individual, sufrimos discriminación, insultos y ostracismo, sobre todo en el entorno familiar y laboral, así como el coste emocional y material que eso conlleva. Pero, al igual que la mayoría de la sociedad, sufrimos también de un daltonismo en lo que se refiere a nuestra blanquitud y a la posición que ocupamos en la jerarquía racial.

Por su parte, los musulmanes conversos blancos que se presentan como interlocutores ante el Estado y que tienen un acceso privilegiado a los medios de comunicación hegemónicos, no solo no eluden posicionarse públicamente sobre los debates políticos que nos atraviesan, sino que defienden abiertamente una posición de “puente”, como emisarios de la integración, facilitadores de la asimilación. Abogan por un “islam español” y llaman a “una gestión del islam propia en España, como garante de su independencia de terceros países”. Este llamamiento, con el que, en principio, podríamos estar de acuerdo la mayoría de los musulmanes de España, en realidad, sirve de cortina de humo para ocultar el clientelismo político de la mayoría de las comunidades musulmanas federadas, blancas y no blancas, que están bajo el control del Ministerio de Justicia. No denuncian la injerencia del Estado español en el ámbito religioso, ya que se da por sentada al aceptar el marco del acuerdo de cooperación de 1992.

En una investigación sobre mujeres conversas polacas, Anna Piela recoge lo siguiente: “Algunas dijeron que son mejores musulmanas y más auténticas que sus correligionarios del norte de África o del sur de Asia”. Esto mismo lo vemos en España, a través de los discursos de los musulmanes conversos blancos, que se presentan como interlocutores modélicos con el Estado y los medios de comunicación, al defender un islam “puro”, sin influencias culturales, independientes de injerencias extranjeras. También, en ciertas influencers, musulmanas conversas blancas, que aleccionan a los musulmanes “de nacimiento” y se autodesignan como guías para los nuevos musulmanes, al afirmar que “una cosa es el islam y otra la cultura”. Se centran, exclusivamente, en criticar las prácticas, culturas y creencias de los musulmanes no blancos, como si su propia comprensión y práctica del islam no estuvieran tamizadas por la cultura española, para que los nuevos musulmanes “no se extravíen”.

Hace unos meses, el presidente converso de la mezquita Ishbilia de Sevilla concedió una entrevista a OK Diario en la que afirmaba que “muchas veces son los propios musulmanes quienes «dan los argumentos» a Vox para criticarles. Muchas veces uno tiene que mirarse al espejo. Y el espejo puede ser un partido o puede ser otra cosa. En este caso, el espejo puede ser Vox para darnos cuenta de nuestros errores”. ¿Qué hace OK Diario entrevistando al presidente blanco de una mezquita si no es para lavar la imagen de la extrema derecha y hacer apología de su supremacismo blanco? Huelga decir que este tipo de perfiles son muy demandados por los medios de comunicación, incluso, los que son afines a la izquierda institucional.

El hecho de que todos ellos sean musulmanes conversos blancos y lleven a cabo estas afirmaciones de autoridad y autenticidad supone una estigmatización de los musulmanes no blancos, lo que en el contexto actual en el que se da un aumento del racismo, no hace más que alimentarlo.

Así, los conceptos que reivindicamos los musulmanes conversos blancos como “islam español”, “islam auténtico”, “nuestra civilización andalusí” suelen enmascarar formas sutiles de blanquitud que, como hemos visto, se utilizan como coartada para mantener una posición privilegiada en las instituciones, las redes sociales y los medios de comunicación más clásicos, ya que se da una convergencia de intereses. Por lo tanto, es imprescindible, primero, ser conscientes de que estamos atados a un pacto racial, independientemente de que lo queramos o no y al margen de que seamos musulmanes. Esto es condición sine qua non para poder politizar, después, nuestra traición a la blanquitud. Solo así podremos combatir políticamente el racismo, romper con el clientelismo y con toda injerencia, tanto extranjera como nacional. No seamos puentes que nos llevan a la asimilación, a la aceptación sumisa y cómplice de un sistema racista, colonial, imperialista y capitalista. Elevemos torres que nos permitan resistir y, a la vez, vislumbrar un horizonte de liberación.  

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